La alegre mujer enarca una ceja de advertencia.
—No, también me habló de esa sonrisa de pícaro. Vamos a lavarte.
Él se aparta y, al hacerlo, esboza una mueca de dolor. Me echo a reír.
—No, me ducharé —espeta, y me mira con cara de horror.
—De eso, nada, jovencito. No hasta que el médico te haga un chequeo y te quitemos la sonda.
—La enfermera lo pone en su sitio con firmeza.
Su expresión de pánico aumenta y la mujer levanta el soporte de la bolsa para demostrarle el
obstáculo. Su cara de humillación, dibujada en su atractivo rostro barbado, es todo un poema.
—Joder —masculla, y deja caer...