Las palabras son como un nudo en mi garganta, listo para inflamarse, y antes de que pueda controlarlas, las lágrimas empiezan a correrme por las mejillas. Dejo la taza de té en la mesa, escondo la cara entre las manos... y me echo a llorar.
—¡Joder! ¡Mierda!
La silla de Lucas chirría contra el suelo de la cocina y de repente lo tengo delante de mí, rodeándome con los brazos. Intenta calmarme susurrándome al oído, como si fuera un niño que se ha caído y se ha hecho un rasguño en la rodilla. Me siento muy idiota. Imbécil perdida. Tonta por haber ignorado mis sospechas durante tanto tiempo, por no...