—¿Cuánto cuestan los pantalones extragrandes? —le pregunta a Rastas. —Sólo diez dólares, amigo mío.
Los doblo y los meto en la bolsa.
—Voy a pagarlos yo, Nick.
—¿Sólo? —Nick se encoge de hombros y le da el billete a Rastas.
—Gracias. —Rastas se lo guarda en la cangurera.
—Vamos —dice, y coloca de nuevo la mano sobre la piel expuesta de mi espalda.
—No tenías que pasar por encima del pobre hombre —gimoteo—. Y yo quería pagar los pantalones.
Me sitúa a su lado y me besa en la sien.
—Calla.
—Eres imposible.
—Y tú preciosa. ¿Puedo llevarte ya a casa?
Hago un gesto de negación con la cabeza. Qué...