Escucho la voz de mi hijo y reacciono. Tapo mi boca, para ahogar un sollozo, al darme cuenta de mi error.
«¿Qué hice, por Dios?».
Me reclamo una y otra vez todas las palabras que solté sin pensar, sin motivos. El ataque de Michael, fue producto de su despecho, de su dolor. Y yo actué como una perra ingrata devolviéndole solo palabras hirientes.
«No lo merezco», vuelvo a reclamarme, cuando recuerdo todo lo que le dije, todo lo que le eché en cara. Y me duele todavía más, saber que me equivoqué. Porque no las merecía. No él.
Verlos juntos, a Michael y a Aarón, me hace sentir más culpable...