Llegué a la parroquia del padre Rafael Castro, me hicieron pasar al despacho parroquial, el lugar era ameno, limpio, tranquilo y muy sencillo. Una señora me ofreció un té. Luego el sacerdote ingresó, me dio la mano para saludarme.
—¿Quieres que hablemos aquí, en los jardines o en el confesionario? —Me senté en uno de los muebles del despacho—. Perfecto, entonces aquí.
—Gracias, padre.
—Bueno, ¿continúas con la idea de anular tu matrimonio? —Le di un trago largo a mi té.
—Quiero contarle mi historia, en este instante no solo necesito desahogarme, también un par de consejos, luego decido.
—Bueno, hija, tengo dos horas, espero que sea suficiente.
Le conté...