Las suaves sábanas rozan mi piel demasiado sensible. Un calor sofocante me cubre todo el cuerpo y comienzo a sudar. Siento una cosquilla ascender por mi vientre y una brisa de aire frío alivia por unos segundos mi alta temperatura. Me remuevo sobre la cama, buscando un alivio a esta sensación de estar acorralada que me llena por momentos. Sin embargo, un cuerpo duro se presiona contra mí.
Levanto mis manos y al tocar lo que sea que me tiene encerrada, me parece reconocer un pecho ancho y fornido; ahogo un jadeo al imaginar el dueño.
—¿Chris? —jadeo, con un susurro.
—Sí, cariño, soy yo. —La voz del Chris de mi sueño se escucha baja y ronca. Sexy.
—¿Qué…haces? —pregunto, cuando una mano suya se pega a mi cadera y comienza a dibujar con sus dedos sin un patrón evidente.
—Te estoy dando lo que tú quieres —asegura y acerca su rostro al mío.
Yo mantengo los ojos cerrados, por miedo a despertar de esta increíble nebulosa; pero siento su aliento acariciar mis labios. Sin poder evitarlo, los separo, mi lengua sale sigilosa y los humedece.
—No me provoques —murmura, con un tono excitante.
Sus palabras envían corrientes de aire frío por mi nuca y a través de mi espalda.
—No…no es lo que pretendo —respondo con dificultad y ahogo un gemido cuando sus dientes se arrastran por mi cuello.
Una risa ronca sale de él. La vibración contra mi piel hace estragos con mi cordura.
—He ahí el problema, cariño —asegura y sus labios se pegan a mi cuello, dejan un beso húmedo y caliente—, que ni cuenta te das.
Ahora chupa en el mismo lugar, un poco más prolongado y yo suelto un gemido de satisfacción. Su boca sube y se dirige a encontrarse con la mía. La anticipación me tortura y tiemblo con nervios dilatados. De pronto, se detiene.
Siento el vacío entre nosotros cuando levanta su cabeza.
—Cariño, abre los ojos —pide, con voz hipnotizante.
Yo me quedo igual, si abro los ojos este sueño acabará y por lo menos, quiero tener la oportunidad de sentir sus labios sin que existan sus malditas reglas y condiciones.
—No.
—Quiero que seas consciente de todo, Andie.
Mientras lo pienso, muerdo mi labio inferior. Es una decisión complicada, puesto que, en mis más oscuros deseos, están las ganas de entregarme a él sin reservas. La situación está en que, al hacerlo, perdería todo de un plumazo.
Un dedo suyo roza mi labio.
—Te vas a lastimar —dice y yo suelto el labio que aún estaba mordiendo—. No dudes más. Déjame probarte.
Y acompañado de su petición, su cuerpo se restriega contra mí y luego, su boca está otra vez en mi cuello y continúa bajando. Sus manos se quedan a cada lado de mí y yo me abrazo a ellas cuando su lengua curiosa se acerca a mis pechos. Las sensaciones son tan intensas y desconocidas, que mi cabeza se inclina hacia atrás y jadeo con ansias.
—Eso es, cariño. Ahora…solo mírame.
Su orden, es como música para mis oídos. Me siento como una de esas chicas sumisas que se entregan sin dudar a las órdenes de su amo.
Abro los ojos.
El techo de mi habitación es lo primero que veo. La claridad del día entra por las rendijas de las ventanas y el ruido que acompaña al amanecer, llega a mis oídos.
«Ya no estoy soñando». Pienso y un puchero decepcionado, se forma en mis labios.
Hasta que soy consciente de que un cuerpo escultural y perfecto está sobre mí. Bajo mi mirada y la arrogante expresión de mi compañero de cama, me acelera el pulso.
«Ups. No estaba soñando».
—Buenos días.
La sonrisa radiante que se forma en sus labios hace estragos en mi pecho. Me levanto como loca y me quedo sentada sobre la cama, lo más lejos de él que puedo estar. Intento concentrarme solo en su rostro, porque su pecho descubierto por segundos me pide a gritos que lo mire. Lo que me recuerda…
—Tú…tú… —Lo señalo, recordando todo lo que sentí mientras estaba “soñando”.
Su sonrisa se extiende y su expresión descarada se acentúa.
—Tienes el sueño profundo.
—Eres un enfermo —declaro, con una mueca de desagrado.
Pienso que tal vez mi definición lo molestará, pero nada. Al final, termino peor, porque en un segundo vuelvo a tenerlo muy cerca de mí. Demasiado.
—Enfermo por ti…cariño. —Su mirada es hambrienta y con su lengua relame sus labios.
Giro la cabeza, porque nuestros rostros están a solo centímetros de distancia y a pesar de que sus palabras me provocan cosquillas en el estómago, tengo que mantener el tipo.
—Aléjate de mí, Christian —pido y pongo mis manos en su pecho. Al instante siento su calor y el pulso acelerado de su corazón.
Él baja la mirada y observa dónde tengo mis manos. Cuando la alza nuevamente, un brillo diferente se manifiesta en sus ojos color marrón.
—Ojalá pudiera, Andie —confiesa y, por primera vez en todo el tiempo que ha transcurrido desde que desperté, siento que es sincero.
Me quedo mirándolo, trato de entender su forma de actuar, pero no le encuentro sentido. Sin embargo, necesito saberlo.
—¿Por qué, Chris? ¿Por qué, las reglas?
Su mirada cambia y se aleja de mí. Suspira y se levanta de la cama. Ver su cuerpo semidesnudo, por unos segundos, nubla mis sentidos; pero trato de enfocarme en lo verdaderamente importante, su reacción. Camina hasta mi escritorio y apoya sus manos sobre él, inclina su cabeza hacia abajo. De espaldas a mí, sus hombros se observan tensos, al igual que sus brazos.
«¿Será que tiene razones de peso para protegerse de esa forma?», pienso, con el ceño fruncido.
Vuelve a suspirar y pienso que se abrirá a mí. Se voltea y busca mi mirada.
—Prefiero no experimentar el dolor de la pérdida. Si se dejan las cosas claras desde el inicio, puedo evitar repercusiones en el futuro.
—¿Quién te hizo tanto daño? —pregunto, con mis ojos llorosos.
Chris sonríe, pero no es una sonrisa sincera, más bien parece una mueca resignada. Alza sus hombros y vuelve a hablar:
—Es mejor no darle importancia a alguien que no la merece.
—Y, ¿no crees, que con tu forma de asumir todo, se la estás dando de igual forma? —replico y al instante me arrepiento.
Su mirada se endurece y veo venir el ataque gratuito.
—Como yo gestiono mi vida, es problema mío. —Recoge los pantalones que están sobre la silla y comienza a vestirse.
Me entristece que vuelva a cerrarse en sí mismo, luego de que había logrado sacar algo. Pero es entendible que reaccione así, yo me estoy metiendo en su cabeza y eso, para él, es un límite.
—Lo siento, Chris, no pretendía ser entrometida. —De mis ojos sale una pequeña lágrima.
Se podría pensar que lloro por su forma de actuar conmigo o porque me lastima su frialdad; pero no. Mis lágrimas son las suyas; las que estoy segura que él no quiere derramar. Porque sí, a estas alturas tengo la seguridad de que sus reglas significan mucho más para él de lo que aparenta. A simple vista, podría parecer que es un loco mujeriego enamorado de la vida, que no desea responsabilidad alguna y pretende vivir en su mundo depravado; pero solo una mirada a su alma, a sus motivos, me basta para determinar que Chris, es mucho más que eso. Él sufre y esa, es su forma de lidiar con el dolor.
—Entonces, no lo seas —dice, de espaldas a mí, mientras se sube la cremallera de sus jeans.
Pasea la mirada por la habitación, supongo que buscando la camiseta que llevaba ayer. La encuentro a un lado de la cama y la recojo; al parecer, se cayó en algún momento de la noche.
—Aquí está —murmuro y él se voltea para verificar.
Se queda mirándome y frunce el ceño. Con paso rápido se acerca y se arrodilla en la cama, justo delante de mí. Su expresión ahora es una de confusión total y pienso que me volveré loca siguiendo cada una de sus transiciones. Con sus manos rodea mi rostro y me mira fijamente.
—No llores, por favor —ruega y su voz se escucha dolorosa—, no vale la pena llorar por alguien como yo. Lo siento, soy un imbécil, Andie; pero lo menos que quiero es que sufras por mi culpa.
La forma de calificarse a sí mismo, aumenta mis ganas de llorar. A pesar de todo, de mi intrusión en su vida personal, me pide disculpas. Y puede que deba pedirlas, pero no es un comportamiento de alguien que se incluye en la clasificación de “no vale la pena”.
—Soy sentimental, no puedo evitarlo —intento justificarme y acompaño mis palabras con una sonrisa. Una que esconde mi verdadero sentir.
En sus labios se refleja una, también. Bonita y enloquecedora.
—Sé que eres una floja, pero te pido, por favor, que no llores nunca por mí. O algo relacionado conmigo —susurra, un poco más tranquilo y sonriente, pero con tono serio.
—Está bien —respondo.
Nos quedamos mirando. El ambiente a nuestro alrededor, más cambiante no puede ser. Primero sensual, luego triste, incómodo y, ahora, intenso y profundo. Chris mira, alternativamente, entre mis ojos y mis labios. Mi respiración se entrecorta y la suya se acelera. Su rostro se acerca al mío, un centímetro a la vez, hasta que estamos solo a un suspiro de distancia.
El marrón de sus ojos ahora se observa casi negro. Sus labios se entreabren y los míos siguen su movimiento. Sus manos regresan a mi rostro y yo no me opongo. Podría detener todo esto aquí, pero no quiero hacerlo. Necesito entregar algo de mí. Él me lo está pidiendo.
—Quiero probarte —susurra y su aliento choca en mi boca. Trago duro. Lo miro a los ojos y en los suyos, hay una petición—. Déjame probarte.
Asiento. Porque no existe otra cosa en el mundo que quiera más, ahora mismo, que un beso suyo.