Ailan.
- “Tú decides, Diosa, mi hotel o tu ático, queda claro que otro sitio sin mí, es imposible.”- fue lo primero que me dijo mi secuestrador, me mantenía sujeta entre sus brazos, en su regazo, mientras él estaba sentado, y yo estaba vestida de novia. Íbamos avanzando por las calles de Londres en una enorme limusina blanca, a esas horas de la noche.
- “Mi ático”- dije en apenas un murmullo, sintiéndome totalmente anulada. Tenía claro que todo lo que dijera en contra de esa opinión, tanto Gladiator, como la pervertida que estaba descontrolada dentro de mí, me bloquearían el paso.
Unos labios besando los míos, volviendo a aplicarme...