Santiago llegó a casa y se sirvió una copa, con ella en manos se sentó en el amplio sillón y observó el licor —Era ella Cris, te juro que jamás me hubiera equivocado, era mi Erika.
—Quizás no sea específicamente Erika, tal vez es alguien que se parece a ella.
—No puede haber otra como ella, tiene que ser Erika.
—En caso de que esa mujer fuera Erika, ¿cómo explicas que no te reconoció? La Erika que tú y yo conocemos jamás abría salido corriendo, al contrario, se abría lanzado a tus brazos.
—No sé porque lo hizo, pero mis ojos no pudieron equivocarse, tengo su rostro grabado en mi...