Mount
—¡Por favor! ¡Deja que me corra!
—Dímelo.
Mi esposa me enseña los dientes como un animal salvaje. Puedo asegurar que lo es por las marcas que tengo en la espalda, y no la querría de otra manera.
Le pego el dilatador al culo mientras disfruto al sentir cómo lo empapa con su humedad y le acaricio el piercing con la lengua.
—¡No!
—Qué fierecilla más terca. —Jugueteo con el dilatador—. Seguro que cuando te meta la polla en este culito tan prieto, gritarás mi nombre y todo lo que quiera saber.
Arquea la espalda y se pega a mí.
En realidad, me importa muy poco adónde vamos, pero estar...