Chapter 6 Ella es mi novia

Chapter 6 Ella es mi novia

Sus embestidas se volvieron más firmes y ella jadeaba y se retorcía. Sus piernas comenzaron a temblar y tuvo que bajarlas de los hombros de Ian. Él hizo que se pusiera boca abajo e hizo que subiera un poco sus caderas. Desde allí, tenía una vista completa de todo su cuerpo delgado; y esos glúteos con los que tanto había fantaseado y que fueron la fantasía de varias de sus noches solitarias.

Puso sus manos en sus glúteos y los apretó con fuerza, después le dio una nalgada e invistió su vagina. Ella soltó otro grito.

—¡Ian, me encanta, me duele, pero me encanta! —Exclamó Emely—. Es una de mis fantasías, deseaba algo como esto…

Ian la tomó del cabello y mordió una de sus orejas. Sacó su pene lentamente y lo introdujo con fuerza.

—¿Te refieres a esto? —le susurró en su oído.

—¡Sí, sí! —respondió ella entre un jadeo.

Pronto la vagina de Emely se acomodó al grosor del miembro de Ian y ella no sintió tanto dolor. Siguieron comiéndose a besos, Ian le enseñó a la joven a moverse, para poder acostarse y que ella estuviera encima de él, para así apreciar aquella vista que lo encendió mucho más.

Estuvieron horas comiéndose la piel, Ian besó cada poro de Emely, penetrándola, cuidando cada embestida para que ella no sufriera tanto. Nuevamente tuvo que contener su deseo, su bestia interior que la quería devorar por completo.

Ella se veía tan delicada, tan frágil. Debía tratarla con delicadeza. Emely era su tesoro, no podía lastimarla.

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Emely abrió sus ojos, sentía unos brazos que rodeaban su cintura, algo tibio la estaba cubriendo. Alzó su mirada y vio el rostro dormido de Ian.

Lo recordó: había tenido sexo con él.

Sintió unas nauseas terribles que la invadieron, necesitaba vomitar: iba a vomitar. Apartó a Ian y corrió al baño.

El joven se despertó precipitadamente por el repentino movimiento de Emely. Se sentó en la cama y la vio correr al baño, la escuchó vomitar.

Emely cerró los ojos al terminar, sentía un fuerte dolor de cabeza que la estaba atormentando. Al bajar la cadena, notó que estaba desnuda y su entrepierna se sentía extraña, ella se sentía diferente.

Se reincorporó y se vio en el espejo, detrás de ella estaba Ian observándola fijamente.

—¿Estás bien? —le preguntó.

—Si- sí, sólo es… un malestar por el trago de anoche —respondió la joven.

Emely bajó la mirada, abrió la llave del lavamanos y comenzó a lavarse la boca junto con las manos. Ian se acercó a la joven y besó su espalda. Ella pudo sentir su tacto cálido, los suaves y delicados labios que erizaron su piel.

Pero esa mañana era diferente, esa mañana volvió a ser Emely: la adolescente que sólo tenía ojos para un hombre, que deseaba cuidar su trabajo y la economía de su casa. Ya no era la chica ebria que quería hurgar en un hombre mayor a ella lo desconocido, eso que la hizo perderse en el cosmos.

Quería que Ian se apartara de ella. Le incomodaba ver por el reflejo del espejo su desnudez, además, con el malestar lo único que deseaba era estar en su casa, olvidar lo que había hecho.

No sabía cómo despedirse de Ian, cómo explicarle que lo de la noche anterior fue algo pasajero. Después de bañarse, salió de la habitación y lo encontró poniendo dos platos en el comedor. Era la comida que ella había semipreparado en la tarde del día anterior, como era costumbre. Por un momento se miraron y el joven desplegó una sonrisa.

—¿Aún te sientes muy mal? —le preguntó.

—No, ya se me está pasando —respondió.

—Ven, desayuna —dijo Ian mientras se sentaba a la mesa.

Emely se sentó a su derecha, observando la ensalada de frutas, el huevo revuelto y las torrejas de pan. Se sentía demasiado incómoda para comer al lado de Ian, en su mente no dejaba de pasar las imágenes de la noche anterior.

—¿Qué sucede? —preguntó Ian, era bastante claro que Emely se comportaba extraño.

—Es que… —Emely se ruborizó por completo— Ian. Am… Lo de anoche.

Ian tomó un trago del té que se había preparado y soltó una risita algo burlona, pasó una mirada por Emely.

—Emely, no debes sentirte avergonzada por lo de anoche —explicó—, si lo deseas, nada cambiará en nuestra forma de tratarnos.

—Es que, Ian —insistió Emely—. Yo… Anoche… Me pasé de tragos, ¿sí?

—Eso lo sé.

—Y, pues, sabes que yo… trabajo para ti —Emely tragó en seco—, no quiero tener problemas por lo de anoche.

—No lo vas a tener.

—Además… —Emely dejó salir un suspiro nervioso—. De lo que hablamos anoche…

—¿Lo que te dije?

—Ah… Sí, este… Am… Ian —bajó la mirada a la comida.

—No digas nada, por favor —pidió Ian, tornando su semblante serio—. No hablemos de esto. Sé que quieres olvidar lo que sucedió, puedes hacerlo. Olvídalo.

Se creó un silencio bastante incómodo para Emely. Ian observó la hora en la pantalla de su celular que reposaba en la mesa.

—Todavía tienes tiempo de ir a clases, —informó Ian— claro, si así lo quieres. Ayer estuviste hasta tarde haciendo ese trabajo.

—¿Qué hora es? —preguntó.

—Las seis y media.

—En dos horas debo entregar el trabajo.

—Te puedo llevar a tu casa para que te cambies.

—Gracias —Emely inclinó su mirada en la comida.

En aquel momento el celular de Ian comenzó a sonar, el joven se levantó de su puesto y se dirigió hasta la sala.

Emely podía escucharlo hablar sobre su trabajo, dar órdenes y entre veces regañar. El tono que utilizaba era bastante diferente al que tenía cuando se dirigía a ella.

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Los estudiantes en el salón de clase estaban reunidos en grupos conversando alegremente y soltaban carcajadas. De hecho, Emely estaba rodeada por tres chicas, entre ellas, Diana. Hablaban sobre la fiesta de graduación y el vestido que debían comprar, pero Emely no podía concentrarse, su mente estaba anclada en la noche anterior, el momento exacto donde Ian estaba sobre ella penetrándola y besando todo su cuerpo. Aquel dolor en su vagina, cada bello de su cuerpo erizándose y sintiendo sus labios acariciándolos.

—Emely —escuchó que la llamaron.

Llevó su mirada a Diana.

—¿Vas a ir con nosotras? —Preguntó la joven—, debemos ir hoy, si no nos damos prisa, van a dejar en las tiendas los vestidos más feos.

—Ah… sí, sí.

—¿Y tu trabajo? —Preguntó una de sus amigas—, ¿no tendrás problemas?

—Ah… no, claro que no —respondió.

No tenía pensado ir ese día al apartamento de Ian. Mientras esperaba a que el joven se arreglara para llevarla a su casa, limpió el desastre en la sala y la cocina, y arregló la habitación. Su punto de quiebre fue encontrar unas gotas de sangre en las sábanas blancas al momento de arreglar la cama, eso hizo todo muy real.

Parpadeó dos veces para volver a la realidad. Debía aprender a controlar la situación, dejar esa noche en el pasado, pero… por dentro tenía mucho miedo de que aquello dañara toda su vida. Quien le gustaba era Iván, si él se enteraba que había tenido sexo con su hermano mayor, la odiaría para siempre.

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Cuando estaba en el centro de la ciudad con sus amigas en la tarde, se encontró con Iván, según, por casualidad, pero ella sabía que Diana le había informado en qué almacén iban a estar.

—Mi amorcito —saludó Iván mientras la abrazaba—. No me contestas los mensajes, me tienes en visto —la miró fijamente y le dio un beso en la frente—, me tienes enojado.

Ella se forzó a sonreír y tratarlo como siempre lo hacía. Pero esa tarde fue bastante complicado. Su mente siempre le recordaba escenas de la noche anterior.

Para complicar más la situación, Ian la llamó a las cinco y media de la tarde. Aquello congeló su corazón, nunca la había llamado; bueno, a excepción de una vez para preguntarle dónde había dejado su camisa favorita cuando no la encontró. ¿Por qué la llamaba?

—¿Por qué no contestas? —Preguntó Diana a su lado—, ¿quién es?

Emely bajó el celular de su rostro y volteó a verla.

—Nadie importante —respondió.

—¿En serio? —inquirió la chica haciendo un gesto de confusión.

—¿Quién te está llamando? —preguntó Iván acercándose a ellas.

La respiración de Emely se agitó y sus manos se enfriaron.

—No es nada importante. Un banco, mi… mamá parece que se retrasó un pago y… —respiró hondo— saben cómo se ponen de intensos.

—Ay, tú y tus cosas aburridas —soltó Diana con desdén.

Una amiga de las jóvenes salió de un vestidor y miró en un espejo el vestido rosado que vestía, volteó a ver al grupo.

—¿Cómo me veo? —preguntó sonriente.

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Era la primera vez que Emely detestaba que fuera sábado por la mañana y estar frente a la puerta del apartamento de Ian abriéndola.

En la sala estaba Ian esperándola en el mueble de color crema, aun vestido con su pijama y con un rostro serio.

—¿Por qué no respondiste mis llamadas? —preguntó.

La joven sintió su rostro palidecer y tragó en seco. Caminó hasta la mesa de cristal y dejó las llaves sobre ella.

—¿Por qué no viniste a trabajar en la tarde? —Inquirió Ian con tono de regaño—, ¿por qué no me avisaste que no llegarías?

—Yo… estaba ocupada con… el… tema del grado —respondió.

—Te llamé cuatro veces y no devolviste mis llamadas.

—Lo siento.

—Te quedé esperando toda la tarde —dijo Ian sonando mucho más serio.

—Lo siento, yo… Ian, es muy extraño que me llames y…

—Por esa misma razón debiste llamarme, ¿no crees? —La miró fijamente—, ¿es que no querías hablar conmigo?, ¿es eso? —se levantó del mueble—, ¿me estás evitando?

Ian miró fijamente a Emely a los ojos, algo que la intimidó en gran manera.

—Me estás evitando —dijo—. ¿Por qué? Quedamos en que olvidaríamos lo que pasó y listo. No confundas nuestra relación personal con la laboral, por favor. Éste es tú trabajo, vuelve a fallar e ignorarme y te despediré.

—Ian, por favor, dis-disculpa, yo, yo… Lo siento —soltó Emely con miedo—. No lo volveré a hacer.

Ian caminó hasta su habitación y se encerró allí. Emely no sabía qué hacer, estaba allí, de pie, sin saber cómo arreglar la situación. ¿Por qué Ian estaba tan enfadado con ella si no era por lo que sucedió aquella noche?

Lo vio salir de su habitación refunfuñando, cruzó la sala y abrió la puerta de su cuarto de estudio. Lo escuchó maldecir mientras buscaba algo.

Emely se acercó al cuarto de estudio y lo vio rebuscar en la papelera, abría las bolas de papel y leía lo que había escrito en ellas.

—¿Se te… perdió algún documento? —preguntó la joven.

—Sí —respondió Ian en un gruñido—, estoy seguro que los dejé en el apartamento, y no los encuentro, nada. Te estuve llamando y esperándote toda la maldita tarde de ayer para que me dijeras qué carajos los hiciste cuando estabas limpiando. Pero no, a la niña no se le dio la gana de aparecerse por aquí. No se le dio la gana venir a trabajar.

Emely entró al cuarto de estudio y comenzó a buscar en las estanterías llenas de libros y carpetas algún papel que no recordara que estuviera allí.

—¿Están en una carpeta marrón? —preguntó mientras rebuscaba.

—Sí, una carpeta marrón que traje hace dos días —respondió Ian tirando la papelera al piso con rabia—. ¿Dónde los dejaste?

—Yo… no los he tomado —respondió Emely tomando una carpeta de encima de unos libros de una estantería—. Tú la dejaste aquí —se la pasó—. Me dijiste que eran unos papeles importantes y que no los tocara.

Ian tomó la carpeta, la abrió y encontró los papeles que buscaba. En aquel momento recordó que la había dejado en el lugar del que Emely la tomó.

Emely bajó la mirada a sus manos al sentir un nudo en su garganta y sus ojos llenarse de lágrimas. Ian dejó la carpeta sobre la mesa de madera y miró fijamente a la chica.

—Perdón —se disculpó—, estaba enojado. Necesito esos papeles, son… unos contratos y me volví loco al no recordar dónde estaban y tampoco encontrarlos. No me gusta que mi trabajo se…

Ian notó que Emely no lo estaba viendo a los ojos, se veía triste.

—Oye, no te voy a despedir, eso lo dije porque estaba enojado —aclaró—. Haces un buen trabajo. Sólo trata de avisarme cuando vayas a faltar, tú nunca has faltado un día, se me hizo muy raro.

—Tú nunca me esperas. Siempre he creído que la empleada de servicio que limpia tu apartamento no es de tanta importancia como los empleados que trabajan en tus hoteles —confesó Emely—. Nunca me has pedido que me reporte en el trabajo, me dijiste que podía tomar el día que necesitara para hacer mis cosas y… es mi graduación. Pensé que lo ibas a entender.

—Y lo entiendo, debiste llamarme cuando encontraste las llamadas perdidas.

—Lo siento —soltó Emely.

—Y claro que eres importante para mí —aclaró Ian—. Eres igual de importante como lo es mi secretaria y director general, ¿entiendes? El que seas mi empleada de servicio no te hace menos que las personas que trabajan en mis hoteles. Deja de rebajarte, no me gusta que hagas eso.

Emely alzó la mirada y vio que él dibujó una sonrisa en su rostro.

—De hecho, para mí eres más importante que ellos, porque sabes que me gustas mucho —confesó—. Pero claramente eso no incumbe en nuestra relación laboral.

Las mejillas de Emely se ruborizaron en gran manera y volvió a inclinar la mirada. Ian se acercó a ella y llevó sus manos hasta sus mejillas para así obligarla a verle a los ojos.

—Emy, ¿en realidad quieres que olvidemos lo que pasó? —Preguntó—, porque yo no quiero hacerlo. Fue la mejor noche que he pasado en mi vida y quiero que se repita una y otra, y otra vez. Que haya otras mucho mejores que esas.

Acercó su boca a su oído derecho.

—Es mejor que lo pienses, podrías estar tomando una mala decisión —susurró—. Yo sé que se te hará imposible olvidar esa noche, siempre quedará gravaba en tu memoria y sé que te gustó, y mucho.

Ian se apartó un poco para repararla de pies a cabeza. Emely había traído puesto un vestido rosado con flores rojas que le llegaba un poco por encima de las rodillas. Le ornaba bastante bien, a la vez la hacía ver un poco tierna.

Se acercó a ella y comenzó a besarla, iba a rodear su pequeña cintura con sus brazos, pero Emely se lo impidió, después, se alejó un poco de él.

—Ian, no por favor —pidió con el rostro totalmente ruborizado.

—Emely, sé que te gusto, por más que lo niegues —susurró cerca de su oído.

Ella tragó en seco y se sintió derretirse cuando Ian rodeó su cintura y la atrajo a él.

—¿Quieres que te enseñe cómo puedes sentir el mejor placer? —preguntó Ian en un susurro.

Cuando vio que su mirada se cruzó con la de Ian, su corazón palpitó con fuerza.

Ian comenzó a besarla y después la tomó de las caderas, para alzarla y llevarla hasta la mesa de escritorio. La sentó y comenzó a besarle el cuello y pecho. Sus manos grandes acariciaban los muslos de Emely y soltó un jadeo cuando el joven bajó la parte superior de su vestido, llevando su boca hasta sus senos.

Los ojos de Emely se pudieron en blanco y soltó un jadeo, mientras echaba la cabeza hacia atrás.

Realmente le gustaba Ian, era un hombre sumamente guapo que sabía hacer que su cuerpo ardiera en llamas. Pero… a ella estaba enamorada de Iván, ¿por qué se desvivía por Ian y su cuerpo lo buscaba? No se estaba entendiendo para nada.

Ian la estaba comienzo a besos y la hizo abrirse de piernas y sumergió una mano en hasta tocar su sexo.

Tuvieron sexo dos veces ese día. Ian le enseñó muchas cosas y también la hizo ponerse en muchísimas posiciones.

La limpieza se terminó convirtiendo en clases de gimnasia y Emely descubrió una parte de ella que no conocía para nada. Cuando Ian la tocaba se sentía sumisa y muy tímida, pero, cuando su cuerpo comenzaba a arder de pasión, salía a florecer otra persona.

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—¿Qué somos? —preguntó Emely antes de salir del auto de Ian.

El joven sonrió con satisfacción.

—¿Qué quieres que seamos?

Emely inspiró hondo y llevó la mirada al frente.

—Ian, a mí me gusta alguien —confesó.

Hubo un momento de silencio.

—Imagino que esa persona no soy yo —comentó Ian con voz tranquila, pero algo seria.

—Exacto.

—Bueno, no me interesa quién crea que puede conquistarte —soltó y posicionó una mano en uno de los muslos de Emely—. En este momento eres mía —ella volteó a verlo con ojos sorprendidos—. Mientras te guste estar conmigo, está bien.

—¿Estarás con otras chicas también?

—¿Es que eres novia de ese chico que te gusta?

—No, pero…

—Entonces no hay problema. Sé que, con el tiempo, te enamorarás de mí.

—¿Cómo estás tan seguro?

—Porque me encargaré que así sea.

Emely no pudo contenerse y desplegó una sonrisita.

—Bueno, entonces, espero que pases una buena noche.

—Sí, te aseguro que voy a poder dormir muy bien esta noche —esbozó Ian con una grata sonrisa.

Emely iba a salir del auto, pero Ian se lo impidió y se abalanzó a ella para darle un gran beso apasionado. Ella intentó apartarse, pero él la besaba con mucha energía, algo que la dejó sin aliento.

Los besos de Ian siempre estaban llenos de seguridad y pasión.

Cuando se apartó, lo hizo con un pequeño mordico en el labio inferior de Emely.

—Cada vez que te toco quiero comerte a besos —susurró Ian cerca de su rostro.

Emely estaba totalmente ruborizada: era la primera vez que un hombre la trataba como una mujer, jamás pensó que ese sería Ian, su jefe.

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Los días siguieron transcurriendo como de costumbre. Pero, Ian llegaba bastante temprano al apartamento y la lograba encontrar antes de salir. Él le pedía que se quedara a cenar con él y lo hacían mientras veían alguna película.

Ian estaba muy cariñoso con ella. Se sentía con la confianza suficiente con ella y la besaba, acariciaba y, cuando ella menos pensaba, comenzaba a comerla a besos, hasta arrastrarla a la cama para hacerla gemir hasta que se saciaba.

Claro, Emely le encantaba todo esto. Se sentía como una mujer mayor, alguien totalmente diferente y que estaba aprendiendo cosas que nadie imaginaría que ella fuera capaz de hacer. Era la mezcla de una joven tímida e inocente de día y una mala y pervertida de noche.

Se sentía más entusiasmada por ir al apartamento de Ian y tomaba cualquier excusa para quedarse a esperarlo. Su orgullo hacía que se mintiera con la más tonta excusa, y, de hecho, se las decía a Ian. Él la contemplaba con una sonrisita y le seguía el juego.

El sábado Ian la invitó a salir. Cenaron por fuera y él le compró algunos vestidos a Emely, así como también un oso de peluche que a ella le gustó, pero prefirió dejarlo en el apartamento de Ian porque no sabía qué decir en su casa para que su mamá no sospechara algo de la relación secreta que estaba teniendo.

Era una relación secreta. Hasta ese momento Emely no se había dado cuenta. Se preguntaba hasta qué punto iba a escalar aquella aventura, porque eso era lo que estaban tiendo, ¿no?

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El día que se entregaba los resultados de los admitidos en la universidad, Emely estaba emocionadísima y llegó muy temprano al apartamento de Ian para poder revisar si había sido admitida.

—Señorita —saludó Ian al abrir la puerta—. ¿Y ese milagro que llegas tan temprano? —Se inclinó para que Emely le diera un beso, pero la chica pasó derecho hacia el interior del apartamento—. Yo también te quiero, gracias por ese rico beso…

—Necesito que me prestes tu computador —dijo ella, pero ya lo estaba tomando del mueble donde Ian acostumbrada a dejarlo y lo encendió.

El joven aún no se había cambiado para ir a trabajar. Estaba en pijama y sostenía una taza de café caliente en una mano.

—¿Hoy dan los resultados? —preguntó.

—Sí, es hoy —ella desplegó una sonrisa.

Ian se sentó a su lado, curioso por ver cuánto había sacado la bella inteligente en el examen de admisión.

—Seguramente ya estás adentro, eres un genio —comentó Ian, con el rostro pegado en la pantalla, expectante cuando ella entró a la página oficial de la universidad.

—Eso no es cierto, solo soy aplicada.

—Pero eso hace al genio, Emely. Ojalá yo hubiera sido así cuando estaba estudiando, llegué a perder un semestre, ¿sabías?

Ella volteó a verlo por un momento con impresión.

—¿En serio?

—Sí, me parecían más interesantes las fiestas.

Emely volvió la mirada al computador y descargó el pdf del listado de los aspirantes.

Pasaron varios minutos en los que la chica revisaba y su corazón palpitada a mil por la ansiedad del momento. Entonces, encontró su documento de identidad.

Soltó un jadeo al observar su condición de aspirante.

No fue admitida en la universidad. Eso le informaba que, a menos que hiciera un técnico de alguna cosa, estaría seis meses sin estudiar.

Ian dejó salir un suspiro que interrumpió el silencio que los rodeaba.

—Inscríbete en una universidad privada —sugirió Ian después de varios minutos—, así no quedarás sin estudiar.

Emely no sabía cómo decirle a su madre que no había sido admitida, estaba más emocionada que la propia Emely de tener una hija que iba a estudiar en la universidad. En toda su familia ninguna persona había entrado a una universidad y, como ella tenía fama de ser inteligente, todos daban por hecho que pasaría a la universidad.

—Ya cerraron el plazo de admisión, además, por más que haya una con inscripciones abiertas, no podría, son muy caras —los ojos de Emely se llenaron de lágrimas—. Qué vergüenza no haber sido capaz de pasar —volteó el rostro hacia la derecha, donde se podía apreciar toda la ciudad desde el balcón.

—Oye, tuviste un muy alto puntaje —protestó Ian—. Es una universidad pública, tiene una muy alta demanda, así que escogen a los estudiantes por en orden de demanda. Mira tu puntaje, está altísimo, podrás pasar si te inscribes a mitad del otro año, seguramente pasarás.

—¡Pero son seis meses sin hacer absolutamente nada! —Emely volteó a verlo con los ojos vidriosos por las lágrimas que los quemaban—. ¿Qué le voy a decir a mi mamá? Estará muy desilusionada…

Ian sintió su corazón compungirse. Emely era una joven que quería salir adelante, una chica que tendría un gran futuro; ella se esforzaba muchísimo, era bastante injusto que su esfuerzo no fuera recompensado.

—Inscríbete a una universidad privada —volvió a sugerir—. Ellas abren convocatoria mucho después de las universidades públicas. Así que, seguramente deben seguir las inscripciones abiertas. La Universidad del Norte debe tener las inscripciones abiertas.

Ian tomó la laptop de las piernas de Emely y comenzó a escribir en el buscador la página principal de la universidad.

—¡Ian, basta! —Pidió Emely derramando las lágrimas.

Ian se detuvo y volteó a verla, perplejo.

—Esa es una universidad carísima, yo no tengo dinero —sollozó la joven—. Además… ya todo está perdido —apoyó su cabeza en el mueble y dejó salir el llanto.

—Deja de llorar —espetó Ian—. Deja de ser tan terca. Tú no vas a pasar medio año sin estudiar. ¿Qué piensas hacer en todo ese tiempo? ¿Estar aquí encerrada limpiando todos los días? ¿Ese es el futuro que quieres?

—¡Pero no puedo hacer más, no pasé a la universidad! —reprochó Emely.

—Que esa no es la única universidad que existe —Ian volvió la mirada al computador y tecleó unas cuantas veces—. Ya verás, lo vamos a resolver.

Emely siguió sollozando mientras Ian estaba concentrado en su búsqueda.

—¡Mira, te lo dije, están las inscripciones abiertas! —Carcajeó de la emoción—. Lo sabía, conozco sus fechas. ¿Te comenté que yo me gradué allí? Es una buena universidad. A ver… —siguió revisando—. Mierda, justamente mañana cierran las inscripciones. Estamos de suerte, Emely.

Ella no dijo nada. Sabía que era demasiado remoto el que pudiera ingresar en una universidad tan costosísima.

—Ven, ayúdame, necesito tu información personal para que puedas inscribirte —pidió Ian.

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