Es sábado por la mañana, la semana pasó rápida, llevo rato sentada en la cama revisando mis redes mientras como mi manzana. Los dibujos que veo son magníficos, es impresionante los detalles que tienen cada uno.
Me inspira ver otros diseños, así que voy por mis cosas para aprovechar la mañana.
Con lápiz y papel en mano dibujo un círculo pequeño, luego Trazo una línea vertical en todo el centro del círculo hacia abajo.
Tomo la medida de la cabeza con el lápiz y repito esta medida hasta obtener 10 espacios iguales. Dibujo una línea de movimiento, una línea muy libre por donde imagino que irá la pose. Determino la altura de las líneas principales: hombros, cintura y cadera.
Marco el ancho de hombros, cintura y cadera teniendo como centro la línea de movimiento y determinando si es el mismo ancho de cada lado de la línea.
Dibujo por donde irán los brazos y las pierna, y así finalizo con todos los detalles.
Teniendo listo mi figurín, creo el el vestido.
***
Aprovecho de limpiar mi habitación, aún tengo cajas por abrir desde que me mudé. En ellas guardo los diseños de mamá, mi tesoro más preciado.
Hurgar entre esas cosas me llena de nostalgia pero también tarde de vuelta a mi memoria gratos recuerdos a su lado. Son esos inolvidables recuerdos que mantienen intento el amor que me brindó; por eso me aferro a ello para continuar haciendo lo que tanto le apasionaba. Mi madre me impulsa a hacer todo lo que ella no pudo.
Horas después termino de limpiar todo la habitación, luce impecable. Voy a tomar un baño caliente para luego dormir una pequeña siesta.
Busco en mi reproductor de Spotify donde encuentro canciones en Italiano, y de todo los géneros. Es mi rutina cuando tomo un baño, la música expresa lo que no puede ser dicho y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio.
Superar la muerte de mamá y papá ha sido muy difícil. Sin darme cuenta lágrimas brotan de mis ojos confundiéndose con el agua, sollozos ahogados salen de mi garganta. Llorar nos ayuda a relajarnos, a liberar emociones y a desahogarnos, pero también nos permite cambiar y reducir la angustia.
Desde que mis padres murieron me he sentido más sola que nunca, caí en una depresión de la que aún no logro salir y me resulta difícil controlar.
En las noches la ansiedad me embarga, justo como ahora.
Siento mi respiración errática, tomo grandes bocanadas de aires pero no es suficiente para llenar mis pulmones atrofiados. Mi corazón se acelera, escucho como late con fuerza, el dolor en mi pecho aparece.
El miedo incrementa, estoy entrando en pánico, pensamientos negativos bombardean mi mente aunque luche contra ellos. Es una batalla interna, una que me dejará agotada y sin fuerzas.
Ya me ha pasado tantas veces y aún así siempre termino perdiendo.
Lágrimas brotan sin frenesí, con las manos temblando y los pies entumecidos me dirijo hacia la cocina para preparar un té de manzanilla y así poder dormir.
Inhalo y exhalo una y otra vez mientras espero que mi té esté listo.
***
Ya ha pasado más de una hora que logré controlar mi ataque de ansiedad, escuchar música siempre ayuda pero esta vez trajo recuerdos de mi niñez, recuerdos que duelen.
Sonrió sin fuerza, observando la foto entre mis dedos. Mis padres se encuentran felices mientras sostienen a una pequeña Sarah. Cuanto quisiera poder detener el tiempo y quedarme justo allí.
Ya todos duermen y yo me hallo mirando al techo de mi habitación pensando en tantas cosas. El reloj marca las 3:00 a.m.
Poco a poco mis ojos se van cerrando hasta que caigo en la inconsciencia.
***
El melodioso canto de los pájaros me despierta, me es difícil abrir los ojos, se sienten pesados. Siento la garganta seca y un sabor extraño en la boca.
Es domingo y necesito ir de compras, no tengo nada para el desayuno, la despensa está vacía.
De modo que voy a ducharme tardando más tiempo de lo acordado. El agua fría relaja mis músculos tensos pero no es suficiente para calmar la tempestad que habita en mí, jamás termina de salir completamente el sol, es como si una nube gris me persiguiera impidiendo que persistan los rayos de luz, solo oscuridad.
Cierro la ducha y envuelvo mi cuerpo en un albornoz encontrando la calidez de la que me alejé cuando estaba bajo la cascada de agua fría.
Enfundar mis piernas en unos viejos vaqueros es la mejor opción para salir en medio del viento frío de otoño. Termino de vestirme con una camisa Oxford y de calzado elijo mis viejos Vans.
Me recojo el cabello en una coleta alta desprolija y salgo del apartamento desganada. El viento golpea mi rostro erizando mi piel, la brisa está helada. Me arrepiento de no haberme decantado por un abrigo grueso.
Guardo las manos en los bolsillos delanteros de la gabardina. El frío es ligero, agita suavemente mi castaño. Algunos flecos se saltan sobre mi frente, resulta en vano volverlos a su lugar.
Camino por las desoladas calles de Roma, muchos prefieren quedarse en sus hogares los fines de semanas. Haría lo mismo, si embargo debo hacer las compras. Además el paseo me da la libertad que necesito, salir de las cuatros paredes de mi apartamento es reconfortante, tantas veces me hace sentir una prisionera, pero afuera todo es distinto.
Incluso si dentro de mí las cadenas no se han roto, en el exterior no me siento atada.
Llego al súper mercado en menos de diez minutos de mi caminata, tomo un carrito de mercado y me dirijo por el pasillo de los dulces. Necesito una dosis de azúcar para quitar el sabor de la amargura, por lo tanto meto un paquete de oreo y otro paquete de galletas saladas para untar con Nutella.
Barras de cereal se hallan cerca, así que empujo el carrito hasta alcanzar la barra, pero antes de tomarla escucho una voz familiar que proviene del otro pasillo. Por lo que de forma curiosa giro con el carrito y decido cambiar de dirección, es como si mi cabeza me gritara que debo ir hacia allá. Al tiempo que una pizca de sensatez me detiene, al final decido mitigar la incertidumbre.
Encontrado a dos hombres en el pasillo. Y no es nada menos que mi jefe el señor Mengoni y el otro no tengo idea de quién se trata. Aún no se han percatado de mi presencia, por eso doy una rápida vuelta al carrito que por la rapidez acaba siendo un movimiento brusco de mi parte, ocasionado que impacte donde están los productos de limpieza.
Sólo quería pasar desapercibida, susurro por lo bajo. Cuando estoy por arreglar el desastre que he causado escucho como llaman mi nombre, esta escena me parece tan bochornosa que pido que se abra la tierra y me trague.
¿Por qué a mí? Me lamento,
¿No será porque eres torpe? responde mi subconsciente.
Volteo con la poca dignidad que me queda encontrando dos pares de ojos, uno muestra preocupación más el otro diversión. Me reprendo muestro una sonrisa de boca cerrada a mí jefe.
—Sarah, que gusto verte –saluda afable, pero no abandona la excesiva formalidad, su voz profunda, ese tono cala hasta en mis huesos; entonces siento en la boca de mi estómago un aleteo interminable. La sensación me sorprende. No quiero sentir esto, pero es inevitable, la razón de ese raro vuelo me descoloca. ¿Qué sucede contigo Sarah?
Debo decir algo, no quedarme callada. Creerá que soy tonta, sacudo la cabeza antes de que piense que soy un bicho raro.