Samary.
- “¿Cuánto queda?”- pregunté retorciéndome nerviosa las manos. Mientras contemplaba mi imagen en el enorme espejo de la sala reservada para la novia. El reflejo que me devolvía era el mismo que tenía en mi mente, una imagen distorsionada de la realidad no veía a una mujer con cuerpo de diosa, y una belleza que haría partir barcos de guerra o tomar castillos para salvarla, interiormente me sentía sintiendo como esa niña gordita, patosa, y nada agraciada, que sólo servía para estudiar y para crear inventos nuevos, con una inteligencia privilegiada para algunas cosas, pero totalmente inepta en las relaciones interpersonales. No conocía a las personas, ni sus intenciones. ...