—Por favor, Egil —suplica Adelaide, intentando acercarse, pero dos guardias se lo impiden—. Es solo una bebé que apenas está aprendiendo a gatear, por favor, no le hagas daño.
Los capataces se conmueven con el llanto de dolor de Adelaide, Egil también, pero no lo demuestra.
—¡Vete a tu finca! —Ordena Egil a pesar del nudo en su garganta y los guardias caminan hasta ella para tomarla del codo y hacerla caminar.
—Egil, por favor... —Su llanto ronco se apaga cuando ambos hombres la obligan a ir. Ella se resiste a dejar a su hija en manos de su esposo. Patalea, grita, pelea, se arrastra. Eleonor también llora al oír...