La brisa golpeaba mi ropa con brusquedad y, aunque fresca, sentía como me faltaba el aire mientras caminábamos por los matorrales y la arena. El cielo se había cubierto de una fila de estrellas centelleantes que parecían juguetear con la luna que ya casi desaparecía por el horizonte. Hacía frío, algo bastante extraño estando al nivel del mal, pero seguro eran mis nervios, mi miedo tan palpable en el ambiente que Jefferson tuvo que romper el silencio diciendo algo que me puso aún más nervioso.
—No va a pasar nada —susurró.
—Eso mismo dijo Walter — le respondí casi con rabia —no puedo creer que al fin me convencieras de...