La noche había caído enteramente sobre la ciudad, cubriendo con su manto de penumbras cada calle, avenida o rincón de Palermo.
No se escuchaba una sola alma, las calles estaban casi enteramente desiertas y solo algún par de ocasionales amantes que se ocultaban en la oscuridad para entregarse a los instintos más pasionales.
La madrugada y sus secretos, envueltos en el más profundo silencio, eran testigos de aquel elegante automóvil clásico que se estacionaba frente a aquel complejo de apartamentos.
Aquello era, quizás, una acción demasiado atrevida. Eran horas meramente inadecuadas y la persona de su particular interés, ya debería encontrarse durmiendo. El hombre respiraba de manera apacible, sin embargo,...