Dylan O’ Conell
Lo que pretendíamos hacer queda interrumpido cuando mi hermano entra a nuestro apartamento. Annabelle se baja de mi regazo con un rápido movimiento, luego de soltar un chillido que me deja medio sordo. Me queda claro que es por la presencia de Ryan y le agradezco que no quiera exponerse delante de él.
Sin embargo…
—¿Por qué tu hermano está aquí? ¿Por qué tiene acceso a tu apartamento y además, entra sin permiso? —pregunta, con indignación.
Es lógico que ella no sepa que vivimos juntos, ya que estuvo lejos todo un año y en ese tiempo, muchas cosas cambiaron.
Pretendo responderle, pero Ryan escuchó perfectamente sus preguntas y no demora en ponerla al tanto. No me da tiempo evitarlo.
—Lamento decirte que la única que no tiene que estar aquí…eres tú, sobre todo porque no eres la esposa de mi hermano —informa con arrogancia, mientras se quita la chaqueta de su traje y mira a Annabelle con una expresión que no me gusta—. Esta también es mi casa. No necesito pedir permiso.
—Ryan —advierto.
Él dirige su mirada fría hacia mí y alza una ceja. Imagino que tiene mucho que decir y puedo suponer, que la mayoría de temas serían sobre mi reciente matrimonio y mi actitud con Alessandra.
Pero no quiero hablar de la susodicha delante de Anna y menos, discutir con mi hermano otra vez por culpa de esa otra vez. Aprieto mi mandíbula y lo miro amenazante. Y por más que me jode, cuando mi hermano sonríe de medio lado, como quien puede salirse con la suya si le da la gana, me muerdo la lengua para no buscarle la suya.
—Estaré en mi habitación, por si me necesitan —murmura y sigue de largo.
Annabelle sigue en silencio detrás de mí y cuando me giro para verla, su rostro está rojo, sus ojos echan fuego y sus manos son dos puños blancos. Intento abrazarla, pero da un paso atrás. Me aguanto el resoplido y pellizco el puente de mi nariz para evitar tomarla con ella. Descargar la frustración en estos momentos no es una buena opción.
—¿Cómo se atreve tu hermano a hablarme así? —pregunta, hablando entre dientes. Me mira con los ojos entrecerrados—. ¿Y cómo puedes permitírselo?
«Ah, eso es lo que sucede».
Ruedo los ojos y con una sonrisa radiante, la atrapo entre mis brazos y la pego a mi pecho. Ella mantiene su expresión de molestia, pero no se resiste esta vez.
—Hablaré con él, lo prometo. Ryan no está al tanto de mi divorcio con Alessandra y no quería tratar ese tema ahora. No quiero perder mi tiempo en eso.
Anna alza su cabeza y me mira, hace un puchero que me resulta tan adorable, que no puedo evitar besarla con hambre.
—Pensé que tendríamos una noche solo para nosotros —murmura, con tono triste.
Suspiro, porque yo esperaba lo mismo, pero con mi hermano aquí no me siento cómodo y sé que Anna tampoco, así que quedará para otro día.
—No regresaste a mi vida para estar solo una noche, Anna. Tendremos tiempo de sobra cuando volvamos a estar juntos oficialmente —prometo y la beso con suavidad. Annabelle suspira contra mis labios—. ¿Qué te parece si salimos a cenar mañana?
Se aparta unos centímetros y me mira con un brillo especial en sus ojos.
—Me encantaría…
Salimos juntos del apartamento para buscar un taxi que la lleve a casa. Volvemos a besarnos, como despedida, cuando se detiene uno.
—Nos vemos mañana —susurra y me lanza un beso.
Yo espero a que el taxi desaparezca de mi vista para darme la vuelta y regresar al apartamento.
En cuanto atravieso la puerta de entrada, me encuentro a Ryan sentado en el sofá, con un vaso de whisky en la mano y mirando lo que parece una foto. Ignoro lo que sea que está haciendo, pero me veo en la obligación de advertirle y dejarle claras algunas cosas.
—Que sea la última vez que le faltes el respeto a Annabelle. No tienes derecho a tratarla así, es mujer y eso debería ser suficiente, pero también será mi futura esposa, así que te aconsejo que la trates como merece.
Ryan suelta un resoplido y yo aprieto los dientes para evitar golpearlo. En las últimas horas he sentido la necesidad de hacerlo en varias ocasiones.
—Es mujer, igual que Alessandra, pero a ella tú no la respetas…suena hipócrita, ¿verdad?
—No tengo por qué darte explicaciones de nada, pero ya que estamos, Alessandra no es mi esposa, firmamos el divorcio el mismo día de la boda.
Mi hermano no se sorprende y no dudo de que esa mujer le haya contado todo.
—Y si me preguntas, fue una estupidez de tu parte, además de un acto egoísta. No pensaste en la familia y en lo que esa primicia en manos de reporteros pudiera provocar. Deberías agradecerle a Alessandra que no fue a los titulares nacionales a dejarte en evidencia con este drama ridículo.
—No tengo nada que agradecerle a esa mujer que solo ha sabido molestar en mi vida —respondo, molesto y llegando al colmo de mi paciencia.
No puedo entender las razones de que Ryan defienda tanto la posición de Alessandra y quiero confiar en que mi hermano no se ha dejado influenciar por ella, aunque es casi evidente que así es.
—Lo que digas. —Rueda los ojos y me muestra la foto que tiene en la mano—. ¿Reconoces esto?
Me sorprende el brusco cambio de tema, pero con mi hermano siempre es así. Me acerca la foto para que pueda detallarla y me veo yo, con una mujer al lado, pero no reconozco a la chica. Mucho menos recuerdo haber tomado semejante instantánea.
—No, no tengo idea qué se supone que debo reconocer…
Ryan frunce el ceño y su actitud me parece extraña, por lo que decido profundizar en el tema.
—¿De dónde sacaste eso?
Mi hermano mira la foto por otro par de segundos, con demasiada atención. Chasquea la lengua y me informa.
—Los paparazzi andan queriendo molestarte en tu…increíble y nada falsa luna de miel. No sé qué buscan, pero al parecer, solo quieren crear chismes. No todos los días se casa el mayor playboy de todos, ¿no? —Suelta una carcajada—. Las mujeres a las que les rompiste el corazón deben estar clamando por venganza y qué mejor manera, que desprestigiarte mientras disfrutas de tu luna de miel.
A pesar de todo, me divierte su conclusión. Pero sigo sin saber cómo consiguió la foto.
—Ya me quedan claros los motivos, pero yo quiero saber cómo la conseguiste.
No soy estúpido, sé que mi hermano tiene buenos conocidos en los principales periódicos y revistas de la ciudad.
—Supe de esto por casualidad. Me tocó pagar una fortuna para recuperar la foto y asegurarme que ninguna otra fuente la tuviera en sus manos. —Alza su cabeza y me mira, con expresión altanera—. Ya sabes, todo por el bien de la familia.
Es una indirecta y sabe que la capto. Se encoge de hombros y su actitud me molesta más de lo que quiero aceptar. No necesito de él para resolver mis problemas, pero a mi hermano le gusta creer que es imprescindible.
—Gracias por tu…colaboración —murmuro con sarcasmo, mientras me dirijo a mi despacho y busco mi talonario de cheques.
Lo saco de mi caja fuerte y regreso con un cheque en blanco. Se lo entrego a mi hermano sin importarme el maldito saldo que se le ocurra poner.
Ryan alza su ceja, pero no dice nada. Lo dejo en el mismo lugar y sin decir palabra alguna, me retiro a mi habitación. Me importa poco la foto y las intenciones que haya detrás de ese tema. Si pudo tratarse a tiempo, perfecto. Sino, ya resolveré la situación cuando toque.
***
El reloj digital marca la medianoche y yo sigo mirando el techo, sin una gota de sueño. No sé qué carajos me pasa, pero no he dejado de pensar en Alessandra, el matrimonio, el divorcio, el regreso de Annabelle y la declarada atención de Ryan con mi ex esposa. No tengo idea de por qué pienso en todo eso, cuando me importa poco lo que pase con esa mujer, pero ya me cansé de dar vueltas en la cama, así que decido levantarme.
La casa está a oscuras y Ryan no se ve por ningún lugar. No sé tampoco si estará en su habitación, pero no pretendo averiguarlo. Con mi chándal gris y mi camiseta sin mangas, decido salir un rato. Dar una vuelta, al menos, para cansarme y poder dormir tranquilo las horas que me quedan de la noche. Bajo hasta el aparcamiento y subo a mi auto. Salgo del edificio sin rumbo definido, pero la ciudad a esta hora es bastante tranquila y me permite ir hacia donde el instinto me dicte. Me detengo sin prisas cada vez que me toca un semáforo en rojo y varios minutos después, cuando miro a mi alrededor, me hago consciente de mi ubicación.
Y me molesto conmigo mismo.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —murmuro, en el silencio del auto, mientras miro a la casa donde debía pasar mi luna de miel.
Las luces están todavía encendidas y me sorprende que Alessandra esté despierta a esta hora. No puedo evitar desconfiar y creer que alguna visita la mantiene activa a esta hora. Y por algún bizarro motivo, eso me molesta.
Busco en mi teléfono su contacto y sin detenerme a pensar en lo que estoy haciendo, lo marco. Solo cuando escucho su voz, del otro lado de la línea, es que reacciono y cierro los ojos, arrepentido.
«¿Qué se supone que le diré?».
—No necesitas llamar a esta hora para recordarme sobre el divorcio, me quedó bastante claro y prometimos que en un mes todo acabaría —murmura, sin escuchar siquiera un saludo de mi parte. Me sorprende tanto su reacción, que no encuentro palabras para detenerla—. Créeme, después de ese tiempo, no te molestaré ni un segundo más.
No me da tiempo a decir nada, cuando la llamada se corta. Alessandra no me dio la oportunidad de hablar en absoluto. Y es inevitable que su actitud me moleste. Solo alcanzo a creer que jamás nos entenderemos, porque esta mujer es insoportable.
Sin darle más importancia de la que lleva, piso a fondo el acelerador y regreso a mi apartamento. En primer lugar, no tenía nada que hacer aquí.