+Narrador omnisciente+
Adal Müller por un segundo se sintió aliviado al escuchar a su secretaria que la chica que le había recomendado ha aceptado y que solo espera que él sea que él indique el momento y el lugar donde ambos tendrán que hablar y planear lo de la boda por contrato.
Una cosa pasaba por su mente y es que podía lucir a la chica que sería su esposa en eventos especiales, todo por las apariencias, sin embargo, no podía considerarla como su esposa verdadera. Si tenía algo en claro con respecto al matrimonio arreglado era que las emociones acabarían por arruinarlo.
Adal bebió un gran trago de su whisky mientras se quedaba pensativo por los pro y contras de ese matrimonio, hasta que de pronto se le vino un par de ideas para establecerlo en el contrato. Sin decirle ni una sola palabra a su secretaria, él fue directo a su escritorio, se puso cómodo y rápidamente tomó un bolígrafo y comenzó a escribir las reglas principales para mantener el control absoluto del contrato.
Una chica que no tenga sentimientos hacia él, que no tenga deseos sexuales, que no se enamore, que tenga siempre presente, que todo es un contrato y que todo sea confidencial.
Él se detiene por unos segundos, y relee todo lo que había escrito. Sentía que algo le faltaba, todo era por el miedo de ser descubierto y perder todo lo que le ha costado.
—Ella necesita el dinero, no tiene que preocuparse por la discreción —dice Lucero acercándose a Adal.
Su secretaria siente mucha angustia de que su jefe no quiera casarse con su amiga, de que ella no quiera llenar sus expectativas y eso que tanto le costó convencer a su amiga de apartamento.
—Tengo intenciones de ofrecerle buenos beneficios y por ende ella tiene que fingir, aunque de mi parte hubiese deseado que solo firmaríamos ese documento, pero no se puede.
Nuevamente, Adal lleva su vista hacia lo que estaba escribiendo, repasando lo que tiene que agregar.
—Eso quiere decir que la reunión que tendrá con ella será pronto —él asintió, ya que no tenía de otra que aceptar.
Al parecer la frustración que lo amenazaba con apoderarse de él se ha esfumado al tener mucha confianza en su secretaria.
—Dime que nuestro problema ya está solucionado.
Adal y su secretaria se sorprenden a la imprudencia de su amigo, entrar sin anunciarse, también porque no desea que nadie se entere de lo que está a punto de hacer.
—Estoy en ello, ahora mismo, al parecer la he encontrado
—¿Quién es?
—Pronto lo sabrás, ahora quiero que añadas esto al contrato —Adal extiende la hoja de papel y el amigo muy curioso corre a tomarla.
El silencio se prolongó durante unos segundos en la espera de lo que su amigo Alfonso tiene por decir.
—Se llama Gisela, una chica italiana que está dispuesta a ayudar —contestó Lucero.
La estancia comenzó a dar vueltas a su alrededor, nada más escuchar ese nombre. Su mente esbozó un único pensamiento, que comenzó a parpadear una y otra vez.
Adal echó un vistazo a su alrededor, satisfecho con el resultado le dijo a su secretaria que quería a la chica en la sala de reuniones en una hora, ya que urge que la boda se efectúe lo más pronto posible, también es necesario que la sala de reuniones destile aire fresco, flores frescas en el centro de la mesa y acompañado con un vino tinto para celebrar el contrato.
Lucero aseguró que su amiga estaría en una hora y de los demás detalles no serán descuidados. Eso fue lo último para que ella saliera corriendo de la oficina de su jefe, mientras que Adal se queda anonadado por el paso que dará.
—Iniciaré con el documento —manifestó Alfonso para luego dar media vuelta e irse, dejando Adal solo.
∾
El tiempo del reloj se han agotado, y ella todavía no ha llegado. Adal se siente furioso por la impuntualidad, antes sus ojos tienen el contrato, situado con suma precisión, junto a una bandeja de plata, sobre ella hay café y una selección de bocadillos.
Adal sabía que la secretaria se había lucido con los detalles, sin embargo, no puede pensar lo mismo de su amiga. Por un momento decidió olvidar el nudo que se le formaba en el estómago, cada vez que pensaba en la chica a la que le propondría el matrimonio, pensó en rechazarla, ya que su impuntualidad no encajaba en la imagen que necesitaba.
Aunque los pensamientos torturaban a Adal decidió esperar un poco más. Aunque la chica italiana no encajara con su imagen, era la ideal, puesto que ambos necesitan del dinero. Su secretaria no le había contado todos los detalles de las necesidades de la chica con la que se casará, sin embargo, al juzgar el nerviosismo de su empleada puede que ella se haya arrepentido.
Precisamente cuando se iba a levantar las puertas se abren, su mirada fue directo hacia la puerta, unos ojazos azules se clavaron en su cara sin apenas titubear y con una expresión tan clara que le indicó que esa mujer sería incapaz de ser la mujer que se imaginaría. Aunque reconocía esos ojos; ella es la misma chica de la cafetería, la que se encontraba aturdida. Los ojos de ella contrastaban mucho con el color rojo en su cabello, una melena liza larga. Los pómulos marcados destacaban su voluptuosa boca. Increíble para Adal, ya que tuvo un inmenso sueño erótico con esos labios.
Gisela notó su inspección y sintió avergonzada, bajo la mirada, al mismo tiempo de disculparse por la tardanza.
Él tragó grueso al verla, se distrajo, sus pechos eran tan voluptuosos como sus labios, y encajaban a la perfección con la curva de las caderas. Era alta, casi tanto como él. Su apabullante femineidad iba envuelta en un vestido rojo pasión.
Gisela se quedó quieta en la puerta, como si estuviera, permitiendo que la admirase antes de seguirse disculpando.
Un poco desconcertado, Adal intentó recomponerse y se aferró a la profesionalidad para ocultar su reacción. La miró con la misma sonrisa neutral con la que miraría a cualquier socio comercial, ya que eso significa, para él, un negocio de los que ambos se beneficiarían.
—¿Eres la persona a la que he estado esperando? —preguntó, Adal teniendo presente que ella ha venido de parte de su secretaria.
—Sí, quiero disculparme por la tardanza, no es excusa, pero tuve que pedir permiso a mi trabajo y… —ella guardó silencio al darse cuenta de qué par paloteaba.
—Por favor, siéntate. ¿Quieres un café? ¿Té? —dice él en tono nervioso.
—Agua, por favor —ella pidió de forma de súplica, ya que había corrido demasiado
—Puedes ponerte cómoda sobre el sillón, luego pasaremos a la mesa.
Gisela asintió, caminó hacia la dirección, se sentó con elegancia en el sillón acolchado y cruzó las piernas. La sedosa tela roja subió un poco y le ofreció a Adal una buena vista de sus piernas, suaves y atléticas, o eso es lo que su cuerpo muestra a cualquier par de ojos que intentan deleitarse de ellas.
—¿Bocadillos? —pregunta él con mucha amabilidad, tratando de ser cordial.
—No, gracias —ella negó con la cabeza.
—¿Estás segura? —Adal insiste, tratando de ser un caballero.
—Sí.
Totalmente desconcertado hacia la mujer con la que no quería tener contacto físico alguno, empezó a llevarle un vaso de agua.
Se analizaron un momento, dejando que el silencio se prolongara.
—Dejando a un lado lo que pasó ayer, eres la persona que Lucero me recomendó y de la que sabe por qué es la reunión.
—Todo el asunto parece una locura, pero he venido aquí para hacer lo del contrato.
—¿No crees en el matrimonio?
Ella se encogió de hombros antes de contestar:
—El matrimonio es innecesario, no te preocupes, no busco enamorarme.
—Los compromisos duran poco.
—Tal vez —respondió ella, que cambió de postura y volvió a cruzar las piernas—, por eso debemos determinar el tiempo en el que se terminará todo y si no es mucha molestia puedo saber cuándo será la boda.
—No tenemos tiempo, la boda tiene que celebrarse lo antes posible, considerándolo este fin de semana.
—Ya veo…
—¡Todo será puro negocio!
Gisela se quedó sin aliento al escuchar las palabras de Adal, la persona a la que ella se había deslumbrado un par de horas atrás.
—Firmemos, no hay tiempo que perder —exclamó Gisela, se levantó y con ganas de terminar la conversación.
Una extraña expresión apareció en la cara de Gisela. Sus facciones se tensaron, aunque después recuperó la compostura.
—Podemos ponernos cómodos.
—¿Es el contrato?
Adal, asintió con la cabeza.
—Adelante.
Adal deslizó los documentos por la brillante superficie de madera. Tardó varios minutos en examinar el contrato, unos minutos que él aprovechó para analizarla. La fuerte atracción que sentía lo irritaba. Gisela no era su tipo. Era demasiado voluptuosa, demasiado directa, demasiado… real. Necesitaba la seguridad de saberse a salvo de cualquier arrebato emocional si ella no se salía con la suya.
—Concuerdo, quieres a una mujer florero, pero sin el sexo.
—Exacto —afirmó sin titubear.
—Eso es bueno, ya que hay muchos hombres que se benefician mucho del matrimonio.
—¿De qué forma?
—Disfrutan de sexo habitual y de compañerismo.
Gisela entrecerró los ojos de nuevo y se mordió el labio inferior.
—¿Por qué no me dices cuánto dinero conseguiré con este matrimonio?
—Ciento ochenta mil euros.
—Es mucho dinero —ella empieza a toser tras sentir que se ahogaba con su propia saliva.
—Eso quiere decir que es un trato —dice él tras esbozar una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Dónde vamos a vivir?
—En mi casa y como mi mujer, vas a necesitar un fondo de armario en consonancia y recibirás una mensualidad y tendrás acceso a mi asesor personal.
—No me importa eso, solo quiero que empecemos y lo terminemos lo antes posible.
—Por supuesto, una cosa más, por el momento nosotros detendremos nuestras vidas amorosas, no podemos cometer ningún riesgo que nos perjudique.
—Haré todo lo posible.
—No, no pueden enterarse de este acuerdo —Adal se altera, de solo la idea de que otros se enteren del fraude que cometerá, se le presenta la paranoia—, así que tendremos que fingir que estamos locamente enamorados, tendrás que venir a cenar a casa para hacer el anuncio oficial, entiende que todo tiene que ser convincente.
—No me gustan las complicaciones, por favor, no quiero muchas fiestas, soy pésima para eso —Gisela empezó a ponerse nerviosa, no le agradaba la idea andar mintiendo y actuando.
—Pues lo siento, pero esto forma parte del trato.
—¿Algo más?
—Tendremos una boda, todo será real, para todas las personas que nos rodeen será real, el amor romántico que toda pareja desea, ¿entiendes?
—Yo había planeado una boda en el juzgado, todo sencillo, es mejor no hacer ningún escándalo.
—Yo pensaba en un vestido blanco, una boda en el exterior, con mi familia —Adal cuestiona con los ojos abiertos.
—No me gustan las bodas.
—Tenemos algo en común, pero como sabrás, ambos necesitamos este matrimonio y si no estás dispuesta a hacerlo te puedes ir —la paciencia de Adal se está acabando, tiene miedo de que ella se retracte porque ella sabe más de la cuenta—, entiende que me caso contigo por motivos empresariales.
—Créeme, a mí tampoco me hace gracia este asunto; pero, si queremos que los demás piensen que esto es de verdad, debemos interpretar un papel —ella se mordió la lengua, estaba a punto de mandar todo al diablo, era obvio que los dos tienen un propósito para que ese matrimonio se lleve a cabo con éxito.
—De acuerdo, pero antes puedes seguir leyendo el contrato, luego de que firmes planearemos la boda y lo demás.
Todo se escuchaba sencillo, sin embargo, no lo eran, ya que las palabras y los hechos son diferentes hasta el punto de no llevarse de la mano.
Gisela tenía mucho miedo, no quería casarse y menos en esas circunstancias, sin embargo, el dinero ella lo necesitaba porque estaba segura de que su madre la volvería a llamar para pedirle más.
—Quiero hablarte de sexo.
—¿Sexo? —dijo sin poder creer lo que estaba escuchando.
La palabra surgió de sus labios y rebotó en la estancia como un tiro. Parpadeó, pero se negó a demostrar emoción en su cara.
—Verás, tenemos que ser muy discretos con… —por unos segundos Gisela guardó silencio, sin querer a ella se le vino la idea de hablar un tema que le incomodaba, pero a la vez sentía la necesidad de dejar en claro que no se acostaría con él.
—¿Discretos? Ya te dije que por el momento ninguno de los dos hará nada, entiende que tengo que proteger mi reputación.
Gisela todavía no comprendía por qué no se casaba con su novia u otra mujer que estuviese en su altura.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
—Por supuesto.