Sentía un enorme dolor de cabeza. No quería imaginarme cómo había sido la vida de Helen junto a aquél desgraciado. Me sentía culpable por haber sido parte de un trato con ese hombre atroz.
Entré en la camioneta y le pedí a Camilo que me llevara a una farmacia. La cabeza me daba vueltas y estaba a punto de vomitar.
—¿Se siente bien, señor? Está pálido. —Camilo me miraba con cara de preocupación.
—No me siento bien, tengo ganas de vomitar y estoy mareado —le contesté casi en un susurro.
—¿Quiere que paremos para que vomite?
—No, necesito un analgésico lo más pronto posible, apresura el auto.
Llegamos a la...