La madre de Viktor le dedicó a Anya una sonrisa cálida.
—Ven, tesoro, debes estar agotada después del viaje, deja que te muestre tu habitación para que puedas refrescarte antes de la cena.
Anya se dejó llevar, maravillándose ante la elegancia del vestíbulo, con sus altos techos abovedados y sus frescos renacentistas. Todo allí hablaba de historia, de tradición, pero también de calidez y vida.
Subieron por una escalera de mármol hacia el segundo piso, donde un luminoso pasillo se abría paso entre puertas de madera labrada. Francesca se detuvo frente a una de ellas, girando el picaporte con una sonrisa.
—Este será tu santuario, Anya, tu lugar seguro donde...