Chapter 6 - Que comiencen, los juegos del hambre

Chapter 6 - Que comiencen, los juegos del hambre

— ¡¿Qué?!

Se escuchó el resonante grito en todo el salón y todos vieron como Ricardo, el padre de Aiden se había levantado de su asiento.

La expresión del hombre era una mezcla contradictoria entre sorpresa, furia e indignación.

— ¡¿Cómo qué le heredarás a uno de tus nietos?! ¡Madre, tu sucesor debería ser uno de tus hijos, Héctor o yo! — Siguió hablando Ricardo.

— Mi sucesor será quien yo diga… Yo soy la cabeza de la familia y la decisión es solo mía. — Replicó Margaret con una voz llena de autoridad. — ¿Piensan contradecir la decisión de su madre?

Ricardo apretó los labios en una línea y miró alrededor, todas las miradas estaban sobre él, con una mueca de disgusto volvió a su asiento, al tiempo que Héctor, su hermano, quien no había replicado nada, mostraba una expresión llena de incomodidad.

— Bien… La decisión ya está tomada y todo está arreglado… Uno de mis nietos será quien herede la cabeza de la familia Sinclair y no solo eso… El elegido o elegida, tendrá que contraer matrimonio con uno de los herederos de la familia Collins. — Anuncio Margaret, señalando a los hermanos Collins que seguían en la mesa, con una expresión muy formal.

Los murmullos se acrecentaron, Isabella miraba alrededor confundida. ¿El próximo heredero se casaría con uno de ellos? Ella miró a Máximo, quien seguía inexpresivo en su asiento, como si no le interesara nada de lo que ocurría a su alrededor.

— ¡¿Obligarás a uno de tus nietos a casarse con nuestros enemigos, nuestra competencia, los Collins?!

Esta vez fue Héctor quien se quejó, al tiempo que se escucharon algunos chillidos de felicidad, él miró a sus costados, tanto sus hijas, Zara como Emma, parecían celebrar alegres, al igual que su sobrina, Valeria, desde otra mesa.

— Te equivocas, los Collins no son nuestros enemigos y por lo que veo, no parece que sea una obligación para mis nietas… — Replicó Margaret al tiempo que elevaba una ceja con arrogancia, notando la felicidad de sus nietas. Luego, ella volvió a caminar por el escenario para seguir hablando. — Yo no pienso obligar a nadie a aceptar, si el escogido o escogida desea recibir la herencia, consentirá el matrimonio y si no lo hace, será sustituido por alguien más, así de fácil…

— ¿Qué?

— Este, fue el último deseo de mi difunto esposo, un acuerdo que se hizo hace muchos años… — Siguió hablando Margaret desde el escenario. — Una unión, entre las dos familias más ricas y poderosas del país, que nos convertirá en una potencia imparable, y los escogidos, se convertirán en la cabeza más alta de la alta sociedad, prácticamente inalcanzables.

— ¡No puedes hacer eso, madre! ¡Ni Héctor, ni yo, estamos de acuerdo! — Volvió a vocear Ricardo, uniéndose a su hermano.

— No me importa si no están de acuerdo… — Enunció Margaret con autoridad. — Esta es mi última palabra… Y les recuerdo a todos los presentes, que yo, y solo yo, soy la cabeza de la familia, quien da las órdenes y la única encargada de elegir al sucesor.

— ¡Esto es una estafa, una burla, madre! ¿Cómo puedes escoger a uno de tus nietos por encima de tus hijos? — Refuto Ricardo indignado. — ¡Me voy! ¡Nos vamos a casa, no seguiremos con este circo! — Ricardo se dio la media vuelta. Su esposa e hija se levantaron para seguirlo.

— Te recuerdo que estamos en un crucero, Ricardo… Y puesto que ya llevamos varias horas desde que zarpamos, ahora mismo estamos en pleno mar abierto. — Expuso Margaret, con mucha seriedad.

— ¡Ya lo sé! — Ricardo comenzó a caminar. — No soy tonto, madre… Llamaré un helicóptero, aquí hay un helipuerto.

— El barco tiene órdenes de no recibir ningún helicóptero, ni yates, ni lanchas, ni ningún medio de transporte… — Replicó Margaret con prepotencia. — Y la tripulación tiene órdenes de no usar los botes salvavidas, al menos que se trate de una verdadera emergencia, así que si te quieres marchar, tendrás que bajar un bote tú mismo y remar con tus propias manos hasta el puerto… O irte nadando… Tú decides.

Todos los presentes vieron como Ricardo se volteó hacia su madre, perplejo.

— Estamos atrapados… ¿No podemos irnos?

— No, hasta que yo lo decida. — Declaró Margaret, con mucha seriedad.

Ricardo miró a su alrededor, como si esperara que alguien dijera algo, todo estaban en absoluto silencio, miro a su madre una última vez con la rabia contenida y se dio la media vuelta para salir del salón, su esposa le siguió los pasos y más atrás, salió Héctor.

— Bien, solo me queda recordarles al resto de los presentes, que en quince días, al finalizar el viaje, anunciaré a la persona escogida como la cabecilla de la familia Sinclair, así que, disfruten el viaje.

Margaret regresó a su asiento y continuo atendiendo a sus invitados, los Collins, como si nada hubiera sucedido. Mientras que el resto de la familia, uno a uno, se fue levantando de su asiento.

— Wow, eso estuvo… Intenso. — Aiden se volteó hacia Isabella, sorprendido con la escena que todos habían presenciado, cuando en un segundo, su expresión cambio por una de fastidio.

Isabella volteó y vio a Valeria acercándose a ellos, sus nervios se pusieron a flor de piel, pues era obvio que su prima no venía para saludarla.

La joven llevaba un vestido despampanante, lleno de brillo y glamour, el cual llamaba la atención de todos los presentes. Valeria caminaba con arrogancia y seguridad, sabiendo muy bien que su belleza era impactante.

— ¡Aiden! ¡¿Qué haces con la poca cosa está?! — Lo regaño Valeria entre dientes, deteniéndose a un paso de ellos.

— Ya deja el fastidio, Valeria, el que papá me haya obligado a venir, no significa que haré lo que les dé la gana. — Gruñó Aiden levantándose de su asiento.

— ¿No te basta con humillarnos en público, sino que también lo harás frente a toda la familia relacionándote con esa? — Murmuró ella.

— Uf, ahora es que te falta por vivir, niñita… — Soltó Aiden volteando los ojos con hastío. — Vete a seguirle haciendo pasarela al Collins y déjame en paz, sé muy bien lo que estás haciendo y no me voy a prestar para tu juego. — Refutó Aiden, de pie, frente a Isabella, prácticamente cubriéndola de Valeria.

— Jump, te equivocas, no necesito de tu ayuda, ni que te prestes para nada… — Valeria se cruzó de brazos. — Ganaré esto, las perr@s de Zara y Emma no son competencia para mí, obviamente conquistaré ese premio, Máximo Collins… — Ella suspiró mirando a Máximo desde la distancia. Luego, Valeria desvío la mirada hacia Isabella, quien estaba prácticamente escondida tras Aiden. — Tú no eres competencia para mí, mosquita muerta, definitivamente eres muy poca cosa como para tomarte en cuenta.

— Ay, Valeria… Hermanita, ¿qué tienes en el cerebro? Se supone que tienes que hacerle ojitos, es a la abuela, ella es quien escogerá al próximo heredero, no el Collins ese. — Replicó Aiden, en un tono de burla.

— ¿De verdad me crees tan tonta? Cuando Max se enamore de mí, que lo hará, él mismo le pedirá a la abuela que me escoja y ya no habrá marcha atrás. — Sonrió Valeria con arrogancia.

Y luego de lanzarle una mirada de odio a Isabella, se dio la media vuelta para marcharse. Isabella suspiró aliviada, al tiempo que Aiden se tiraba de nuevo en su asiento con una expresión de cansancio.

— Que comiencen, los juegos del hambre… — Enunció Aiden con voz solemne.

— ¿Qué? — Isabella lo miró confundida.

— Ya sabes, como dicen en los juegos del hambre, en la competencia esa que se acaban, unos contra otros… — Intentó explicar. Isabella seguía mirándolo confundida. — ¿No has leído los libros o visto las películas?

— No, ¿por qué? ¿Es importante?

— Ay primita, definitivamente tienes que pasar más tiempo conmigo. — Aiden volvió a levantarse de su asiento, estirando la mano hacia Isabella. — Vamos, te acompaño a tu camarote.

*

Máximo escuchaba a la señora Sinclair conversando con su hermana, Emily, ella le explicaba todas las amenidades con las que contarían en los próximos días, ellos tendrían un trato exclusivo en el crucero, pues eran invitados especiales.

Él no participaba mucho en la conversación, seguía bastante enojado, el solo pensar que una de esas niñas tontas que le hacía ojitos desde la distancia, podría convertirse en su esposa, le revolvía todavía más el mal humor.

Su padre lo había obligado, si querían heredar, él o su hermana, tendría que contraer matrimonio con un Sinclair, específicamente, quien fuese escogido como el nuevo heredero, si no, él se encargaría de quitarles todo.

Por el momento, Máximo no tenía otra elección más que aceptarlo, mientras encontraba la manera de independizarse y salir del yugo de sus padres y de toda la familia Collins.

Él levantaba la copa de champán en su mano, dispuesto a tomarse un último trago para disculparse y retirarse a su habitación cuando la vio a lo lejos, una jovencita que llamó su atención, no porque resaltará entre las otras chicas, si no por qué a Máximo le pareció muy conocida.

Él sintió un sobresalto en su pecho, una especie de susto, algo que no se podía explicar, cuando vio a Isabella sosteniendo la mano de un joven algo atractivo, el muchacho la ayudaba a levantarse y le acomodó su brazo sobre el de él, como todo un caballero.

— Max… ¿Ocurre algo? — Emily le hablo, llamando su atención. — Te ves muy tenso, ¿te duele la cabeza o estás enojado?

— Si… — Replico con la mandíbula apretada. — Tengo algo de migraña… Si me disculpan… — Se levantó de su asiento, dejando a Margaret y Emily, perplejas. — Me retiraré a mi camarote.

Máximo tenía toda la intención de irse, eso era lo que él le ordenaba a su mente, pero vio como Isabella salió del restaurante del brazo de ese hombre y él no podía dejar de pensar en qué la conocía, de algún lugar, pero ¿De dónde?

La joven pareja iba caminando por un pasillo, el camarote de Máximo estaba hacia el lado contrario. Máximo se quedó por un momento allí, en medio, dudando, pero un sentimiento, una llama que nacía en su interior, fue más fuerte que la razón, él tomó el camino contrario, siguiendo los pasos tras Isabella y su acompañante.

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