— Ese hombre… Es un monstruo. — Murmuró Isabella con la mandíbula apretada.
La rabia y la impotencia consumían a la joven, ¿cómo alguien podía ser tan malvado y cruel?
Varios minutos después, cuando Marian pudo controlarse en medio de los consuelos de Isabella, soltándose de su abrazo, la joven se levantó, lista para irse.
— Gracias por contarme todo, señora Collins. — Isabella inspiró profundo, sintiéndose aturdida y temblorosa por la ira.
— ¡Espera, Isabella…! — Marian miró a la joven, desesperada. — Máximo… Él no… Mi hijo no podría ser tan malo, él no sería capaz de hacer todo eso… ¿Entiendes? Máximo no es como su padre…
—...