Derek caminaba de un lado a otro detrás de su escritorio, pasaba las manos por su cabeza y trataba de encontrar un argumento que lo ayudara a convencer a Clarice de aceptar su plan.
Él sabía que ella era perfecta, una mujer seria y sensata que no abusaría de su posición, estaba seguro de que podría casarse con ella y que, llegado el momento de disolver todo, Clarice se separaría sin causar problemas.
–Puedo pagarte, dime cuánto quieres –fue lo último que se le ocurrió decir.
–Señor Kendall, si estuviera pidiéndome algo dentro de mis posibilidades no dudaría en ayudarlo y le doy mi palabra de que no cobraría ni...