Tres años transcurrieron, tres años en los que Emir nunca se acercó a sus pequeñas hijas, como siempre las veía a través de las pantallas de unas cámaras o a través de las ventanas de su habitación que estaban hacia el jardín.
Ezra nunca dejó de ser su fiel guardiana de sus sueños, siempre atenta a sus necesidades, pero jamás logró llenar el vacío de papá y mamá en ellas.
— Tita, papá, papá. — Balbuceaba la pequeña Yara
— Pronto llegará papá mi amor, y cuando venga traerá muchos muchos besos y abrazos para ustedes. ¿Desean verlo? — Preguntó Ezra haciéndole trampa a la vida, junto a Ugür.
—...