Punto de vista de Blake
Tras unos días de descanso obligado, mi rostro ya se encontraba lo suficientemente bien como para ir a trabajar y, aunque seguía teniendo el espíritu herido, debía cumplir con mis obligaciones.
A media mañana, mi celular empezó a sonar y, al ver el nombre en el identificador, resoplé.
No quería hablar con este tipo.
Sin embargo, tuve que contestar.
Deslicé el dedo hacia arriba y me puse el celular contra la oreja.
—¿Sí? Buenos días —saludé con tanta calma como pude.
—Señor Maier, ¿cómo está? Lo estuve llamando la semana pasada, pero no pude conectarme.
La voz de ese maldito resonaba con una acidez alegre...