Minutos más tarde, juntos, los tres se embarcaron en la aventura que el día les tenía preparados. El destino era una hermosa reserva natural, llena de colinas verdes y flores silvestres. Era un lugar mágico, suspendido en el tiempo, donde el amor y la alegría fluían libremente.
Mientras caminaban de la mano, el viento susurraba palabras de amor entre los árboles, como si estuviera al tanto de la conexión especial que existía entre Nora y Jeremiah. Zoe, con su risa melodiosa y su energía inagotable, parecía ser la encargada de avivar aún más la llama de ese romance incipiente.
—¡Mira mamá! ¡Había un arcoíris! —exclamó la niña maravillada mientras señalaba...