Adeline se sentía ansiosa ante la demanda de custodia impuesta por Humberto. No lograba conciliar el sueño, debido a que cada vez que cerraba los ojos las pesadillas la alcanzaban, atrayéndola a un estado de constante zozobra.
En todos esos sueños indeseados, la sonrisa maliciosa de Humberto era lo que más destacaba. Sus hijos corrían a los brazos del hombre, mientras ni siquiera volteaban a verla una última vez. Lo peor de todo era el veredicto del juez, quien ordenaba que no podía volver a acercarse a sus pequeños.
—No lo permitiré —se encontraba diciendo cada vez que despertaba con la piel empapada y el corazón latiendo como loco.
Pero...