Que idiota, y aún así me encanta, estoy loca.
—Ya quisieras —ruedo mis ojos—. ¿Cuánto cobran las damas de compañía? —le cambio el tema.
—No lo sé, nunca he tenido la necesidad de pagar una.
Claro, porque es perseguido por muchas.
—Sin embargo, suelo ser muy selectivo y exclusivo… —Se pone pensativo—. ¿Qué dices Rocky? ¿Qué precio le pondrías?
—¿Están jugando conmigo, no es cierto? —Rocky no podía creérselo.
Es que el pobre no ha captado nuestro juego de rivalidad. Ross solo habla y menos acción, dice que soy suya, pero no veo ni una marca en mi cuerpo que diga Ross.
Eso me enoja, porque sabe que sería difícil...