Christine recordó el restaurante de hace años atrás en su primera y última visita, así como la tienda de abarrotes y la carnicería. Con sus lentes de sol y el sombrero intentó pasar desapercibida ante los demás habitantes. El auto se detuvo en el único hotel que había, bajó su pequeña maleta y se dirigió hasta la recepción. Había un hombre alto, fornido pero con el rostro más amable que podía existir, Christine se retiró el sombrero y los lentes, miró al hombre del otro lado del mostrador.
—Bienvenida, señorita. —ella sonrió.
—Gracias.
— ¿Busca alguna habitación? —Christine asintió.
—La mejor que tengan.
—Perfecto. —el hombre, llamado Josh, tecleó con...