La casa se volvió un completo caos. Los estruendos de los objetos estampados con violencia contra las paredes y el suelo de la mano fuerte de Nathan llenaban el ambiente. Ariadna lloraba con el cuerpo tembloroso, sentada en el suelo de algún rincón de la sala, a la vez que abrazaba con fuerza sus piernas.
Jennifer hacía un enorme esfuerzo por calmar a Nathan, pero todo parecía inútil. No es que estuviera cegado por el alcohol; al contrario, sus sentidos estaban más despiertos que nunca.
―¡Por favor, cálmate! ―rogaba Jennifer.
―Dime que es una mentira, dime que esa estúpida dice mentiras.
―¡Por favor, tranquilo! ―Lo sostenía con sus brazos alrededor...