Yeni se ha quedado helada con esa confesión que le hizo su esposo, aunque en su mente se repite que eso es una maldita broma.
—¡Oh por Dios, Alberto, como dices eso! —dijo la chica indignada.
—Así sucedió, mi amor. Ellos me obligaron a tomar el arma que ellos tenían y me exigieron que disparara, yo les dije que no, que jamás en mi vida asesinaría a mi propia sangre.
Entonces ellos me hirieron el abdomen con un cuchillo y yo caí al suelo desangrándome.
—¿Entonces, esa cicatriz que tienes fue producto de ese incidente, y no de una caída como tú me lo has dicho?
—Exactamente, y por eso...