GIANNA
El pelinegro tardó otro par de segundos en procesar mis preguntas, y enseguida negó con la cabeza.
—Para nada —contestó de una forma que me pareció tajante, e incluso sentí aspereza y recelo en su tono.
»No te traje aquí para que seas mi dama de compañía, para que tengas se.xo conmigo cada que quiera ni nada parecido. Si hubiese querido solo acostarme contigo, ¿no piensas que habría buscado la forma de convencerte y hacerlo en San Francisco?
Arrugué la cara ante su cuestión, pero, si bien una parte mía pensaba que tenía razón, la otra se negaba a aceptar ese tipo de respuesta, pues necesitaba un motivo.
Al...