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Valentino esperaba ansioso la llegada de la mujer que había trastornado su existencia. Sentado en una silla, en la sala de visitas separada por un vidrio transparente, su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse. Con el dedo tamborileando sobre el concreto, continuaba aguardando hasta que divisó a la castaña que se acercaba.
La figura que se aproximaba lucía demacrada y delgada, con rasgos marcados incluso en su rostro. Su cabello castaño exhibía sequedad y falta de brillo, y su atuendo ya no ostentaba marcas, sino que consistía en un sencillo uniforme penitenciario azul marino con una insignia en el lado derecho del pecho. Las cicatrices...