—Atenea.
—No —repitió por tercera vez desde que llegó a la mansión con él—. Quiero estar sola, Valentino. Tampoco deseo estar contigo. Agradezco todo lo que tu primo y tú han hecho, pero lo nuestro no ha cambiado.
—Podemos hacerlo —la siguió escaleras arriba—. No quiero presionarte, mucho menos después de lo que pasó con tu amiga, pero al menos permíteme estar a tu lado en un momento como este.
—¿Para qué? —se volvió hacia él con los ojos llorosos. Había derramado tantas lágrimas en el camino que ya no tenía energías—. ¿Para que te sigas haciendo daño y, de paso, me lo hagas a mí? Deja de aferrarte, Valentino,...