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La sala estaba sumida en un profundo silencio, interrumpido únicamente por el constante pitido de los aparatos que monitoreaban a Atenea. Con el paso de los días, su aspecto había mejorado gradualmente; su piel ya no lucía tan pálida y los hematomas y rasguños comenzaban a desvanecerse. Aunque su mejora era notable, aún no despertaba desde hacía casi un mes desde su accidente.
Valentino permanecía junto a ella, sentado en una silla, absorto en la lectura de un libro. A su lado, una mesita sostenía un florero donde reposaban las flores que él, durante todo ese tiempo, continuaba llevándole como solía hacerlo. Las cambiaba regularmente, asegurándose de mantenerlas frescas....