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Lenox revisó la hora en su reloj por tercera vez esa noche, apoyado contra el capó de su auto a las afueras del aeropuerto. Con los brazos cruzados sobre su pecho, sintió la brisa fría colarse bajo su ropa mientras observaba a la gente entrar y salir con sus equipajes.
—¡Lex! —un chillido le hizo levantar la cabeza de golpe— ¡Eres tú!.
Una joven de cabello rizado y café, ojos avellana y labios rosados, envuelta en un conjunto fucsia de chaqueta y falda, se acercó corriendo a Lenox, dejando su equipaje a un lado y lanzándose a él en un abrazo que lo tambaleó.
—Ten cuidado, podrías lastimarte —dijo...