Mi rostro se puso rojo como un tomate y no sabía cómo responderle. Él desabrochó completamente mis botas y me las quitó, mostrando mis pies cubiertos por las medias. Luego sacó el par de patines más pequeños y los puso con delicadeza en mis pies. Después, los ajustó a mi talla.
Cuando terminó, levantó la mirada hacia la mía y me sonrió ampliamente antes de tomar ambas de mis manos y colocar dulces y suaves besos en mis nudillos. Mi rostro se puso aún más rojo, si eso era posible, y no pude contener a las anguilas que jugaban al pilla-pilla por todo mi cuerpo, su electricidad recorriendo cada célula....