Lorenzo se levantó y extendió sus manos, que tomé al instante.
—¿Te apetece un helado? —me preguntó. Lo miré con los ojos bien abiertos.
—Acabamos de comer. ¿Todavía tienes espacio para un helado? —le pregunté, divertida. Ese chico podría comer 24/7 sin parar.
Lorenzo se encogió de hombros.
—Está bien —dije, siguiéndolo fuera de la pista. Todavía no sabía patinar, así que Lorenzo tuvo que sostenerme hasta que salimos.
Nos sentamos en el banco donde nos habíamos cambiado, y Lorenzo se agachó nuevamente para ayudarme a quitarme los patines y ponerme las botas. Una sensación de felicidad me invadió por sus dulces gestos, que parecían no tener fin.
Luego se...