Lauren llegó a la compañía con el corazón pesado y la mente agitada. Desde el momento en que cruzó la puerta, una sensación de estrés la envolvió. La mañana se extendía como un interminable desfile de tareas y reuniones, pero su mente no podía dejar de divagar.
Mientras revisaba documentos, Emma entró en la oficina con una mirada preocupada.
—Hola, Lauren. ¿Todo está bien? Te veo un poco fuera de lugar —preguntó, inclinándose ligeramente para observar su expresión.
—Sí, estoy bien —respondió Lauren con una sonrisa forzada—. Solo tengo mucho trabajo.
Emma la miró con escepticismo, pero decidió no insistir.
—Si necesitas algo, no dudes en decírmelo.
—Gracias, Emma. Lo...