La tensión en el auto era tan intensa que se podía cortar con un cuchillo. No me atreví a hablar ni a moverme. Se volvía incómodo estar en la misma posición, pero prefería eso a hacer un solo movimiento.
El hombre aterrador seguía apretando y aflojando sus manos. Era obvio que estaba enojado, pero no sabía por qué y tampoco quería saberlo. A quien sea que estuviera molesto, le deseo buena suerte.
Sentí como si hubiéramos estado viajando en el auto durante horas. Empecé a pensar que estábamos saliendo de la ciudad. Dios, no, por favor. No me digas que va a sacarme de la ciudad y matarme.
Quiero decir,...